22.2.07

XXVIII) La fortuna del péndulo

No me gusta el circo, rumia con ansia, como si en lugar de un pensamiento fuera un puñado de cacahuetes, mientras sus pies van encajando las deformidades de años en la escala de cuerda. Los focos le calientan la espalda. Lós vórtices de la carpa gris se cierran sobre él tratando de engullirle una vez más, a pesar de la eternidad que llevan sin conseguirlo.

Se detiene de espaldas a todos. Reflexiona sobre sus comienzos durante lo que tarda una gota de sudor en bajar desde su frente a la punta de la nariz: lo diferente que era todo, pues había ilusión en cada rincón de aquel lugar. O él era capaz de hallarla. Después de los años ha aprendido algo más exacto: el mundo es un misterio, la vida desconocimiento, y vivir no es más que avanzar a trompicones buscando algo de sentido, equivocándose siempre, ya sea más o menos definitiva la equivocación.

Su error en ese aspecto fue una sinécdoque: confundir la parte con el todo. Creyó que la fascinación por el vuelo, la búsqueda del trapecio entre las luces, silencios y respiraciones contenidas, podía estar también en la exhibición, y en el espectáculo, y en las ropas ajustadas que marcan su cuerpo, y en la música, y en la itinerancia, y en los aplausos y los gritos.

Aún siente la fascinación por el vacío (como si tuviera veinte años menos), pero sin conexión con todo lo demás. Dejadme solo volando hacia las cuerdas. No respiréis. No aplaudáis si os parece bien. No abucheéis si no os gusta lo que hago. Apagad esa maldita música.

La gota de sudor se precipita hacia abajo. La observa ensimismado, perdido en sus recuerdos.

El muchacho que había sido una vez tardó poco en darse cuenta de la verdadera esencia de la hermandad circense, sus odios, sus envidias, crueldades apenas disimuladas enredándose en la pequeña jerarquía que gobernaba aquel mundo pequeño. Mala vida. No la que esperaba cuando dio sus primeros pasos bajo la carpa silenciosa y con olor a zoológico. Mala vida por falsa, no por cruel; por equivocada, no por envidiosa; por absurda, no por falta de empatía.

Pero qué vida iba a ser mejor. Otras podrían haberle dado más dinero, o raíces, o menos dependencia de gustos fugaces y modas arbitrarias. Pero ninguna le haría volar durante unos segundos cada función.

Así que hacía tiempo que había decidido no volver sobre sus pasos. El camino se recorre siempre hacia adelante aunque creas haber tomado un atajo de vuelta. Y delante en su camino siempre había estado el trapecio.

Se frota las manos una sóla vez, como de costumbre. Se vuelve hacia el público (si alguno ha habido lo suficientemente paciente y observador entre ellos, se habrá dado cuenta de que ejecuta ese gesto más lentamente que dos décadas atrás), se inclina, se vuelve a girar, cierra los ojos.

Las envidias, la falsedad, la dureza de aquella vida se va disipando en la periferia de la existencia como humo aspirado. Respira hondo.

Aprende una cosa en ese momento: si hubiera tenido una vida diferente también habría sido capaz de deshacerse de lo que no le gusta y buscar una perla oculta. El ser humano es tan fuerte como débil.

La luz se forma. Siente la presencia de su Puerta.

Imagina que se abre bajo él. Pero no para que la cruce. Su Puerta es de jambas de soga meticulosamente tejidas y umbral transparente, y no da a ningún sitio. Es una Puerta hambrienta: se come todo lo que hay sobre el escenario, incluida la gravedad.

Cuando el público, sus compañeros, la carpa, el suelo y la gravedad se han ido dejando sólo el vacío, salta.

Y vuela.

Qué más da todo. No existe nada realmente, sólo el vuelo.

Uno. Dos. Tres. Gozando del momento, reproduce con recuerdos el redoble del tambor, pues hace años que es incapaz de oírlo mientras vuela.

Sus manos se cierran y espera una eternidad a transformarse de pájaro en péndulo.

Aprende entonces otra cosa: no le importa ya si se produce esa transformación o acaba todo durante esta función. Sólo es relevante que la Puerta se haya abierto una vez más para que él vuele.

Se siente afortunado. Derrama una lágrima.




4 comentarios:

Felideus dijo...

Chapeau! De verdad, de los que más me ha gustado. Me ha tocado la fibra sensible.
De eso va la creación (ya sea literatura o pintura o danza...) de arrojarse al vacío y volar. Volar sin que las mentiras, las envidias, las miradas extrañadas y las extraviadas, nos afecten.
Sigue volando, Juan Antonio, nos vemos en el cielo (justo por encima de esa nube tan negra -cargada de miedo y tormenta- a la que vamos a ignorar) ;)

Jafma dijo...

Muchísimas gracias :-) Seguimos volando, aunque de vez en cuando uno se desanime por cosas que a fin de cuentas no son importantes...

Anónimo dijo...

Muy bonito !!!!!!

Miedo a volar? No....?
Pero no somos angeles..... :)

Jafma dijo...

Gracias :-)

Sí, claro, uno de cada mil momentos debes tener los pies en el suelo para poder sobrevivir :-)